marzo 08, 2010

Pequeñas revelaciones




Domingo por la mañana. Casi mediodía. Luego de un somero desayuno (mi insustituible chocomilk y una rebanada de pan integral), noté que no me quedaba ni un peso en la cartera (quizá exagero, quizá aún me quedaba un billete de veinte o varias moneditas o un billete de veinte y varias moneditas). El caso es que tenía pensado ir al teatro y pagar la dolorosa cantidad de $40.00 a pesar de ser estudiante. Y al caso viene también recordar que la travesía para llenar de nuevo la cartera, siquiera lo suficiente para sobrevivir, consiste, en el caso de muchos otros además de mí, en ir al cajero más cercano (debiera darnos vergüenza, pero no nos da). Debía contemplar la comida de ese domingo y toda la semana, entonces me propuse hacer las compras de una vez y utilizar por fin la bolsa ecológica que me regaló mi padre (aunque no estoy segura de que tan ecológica sea, sin embargo, actualmente experimento cierto rechazo por las bolsas plásticas pequeñas e inútiles que uno va acumulando).
Salí en jeans, tenis y suéter a recorrer las calles. Era un mediodía perfecto: mucha claridad, poco calor, cielo despejado, humedad en el asfalto. Crucé calles, me asustaron algunos perros, observé casas, estuvieron a punto de atropellarme. Nada fuera de lo normal. No sabía cómo, pero estaba segura de que las calles me llevarían a Chedraui museo. Caminaba por la avenida Orizaba y recordé cuánto me gustan los domingos. En domingo uno se levanta tarde y compra el almuerzo que más bien es comida y la comida se recorre hasta las cinco o seis; las familias hacen las compras; algunos niños hacen la tarea que no hicieron el viernes ni el sábado, otros ya ni se preocupan por hacerla; los domingos son de fútbol y chela; los domingos son para caminarlos.
Llegué a un bazar enorme. ENORME. Me encantan los bazares, siempre tengo la sensación de que la ganga de mi vida estará ahí, tan cerca, de frente y que no podré resistirlo, pero las más de las veces me decepcionan las chácharas viejas, inservibles y caras que generalmente hay, no obstante, el espíritu del bazar ha seguido en mí y resulta gratificante ver regatear las chácharas y pensar, que entre el gentío, alguien habrá encontrado la ganga de su vida. Recorrí el lugar y decidí (sabiamente) irme antes de gastar lo de la semana en chucherías. Continúe caminando el domingo sin tropezar. Mis pequeñas revelaciones suceden así. ¿Que qué descubrí? Es un secreto. ¿La causa? Quizá el bazar, el asfalto húmedo o mis tenis. Los domingos son para caminarlos.

1 comentarios:

Ometeotl Hernández dijo...

Noo, ¿cómo es que te pueden gustar los domingos? son feos.